Los problemas de la Bioética  II

¿Por qué nacer es tan difícil?

 

 

Armando Segura, Catedrático Emérito de Filosofía de la Universidad de Granada

 

 

 El progreso científico y tecnológico avanzan en aceleradamente,  pero los seres humanos nacemos y morimos de manera similar a como lo hacía un habitante de Alejandría o de Roma,   hace más de dos mil años.  

Este desajuste de velocidades, la del progreso del artificio y la estabilidad de la naturaleza, está en el centro de los problemas de la Bioética. 

La especie humana es muy estable: sólo tiene cuarenta mil años, si  hablamos del Homo sapiens moderno y quizá nos adaptemos mejor al cambio dentro de un millón de años.

Entre las costumbres específicas de los humanos, una muy original es la de nacer con las crías muy inmaduras porque el desarrollo fetal en los nueve meses de la gestación es lento. El resultado está en que la niñez y la adolescencia la pasamos como quien dice en la calle, progresivamente, lejos de mamá. Los demás animales superiores y nuestros ancestros homínidos desarrollaban esos dos períodos en el seno materno. Al nacer son ya, casi adultos. Lo que es fácil de comprobar si observamos las crías de hámster, los potrillos, los gusanos y los peces.

Esto no es una casualidad, un resultado aleatorio de la combinación genética sino que existe una razón más prosaica o por decir mejor, más biosanitaria y psicopedagógica.

Los animales, con todos mis respetos, se sirven de su código genético que determina su instinto y sus impulsos y cuando nacen, tienen la garantía muy probable, de sobrevivir en su medio, gracias al almacenamiento genético de miles de generaciones de ancestros. Nosotros somos un caso aparte.

Nacemos como bebés, absolutamente desvalidos, incapaces de sobrevivir sin familia. Lo hacemos así porque el código genético no nos sirve para sobrevivir en el medio sino que ha necesitado la superposición de un código cultural que ese sí nos permite superar las agresiones del entorno.

Un embrión de potro salvaje, cuando nace, a los pocos días ya lo tiene todo hecho, mientras que nuestros hijos deben atravesar unas cuantas barreras desde la guardería hasta la Universidad en una vida, aparentemente improductiva que puede alargarse casi treinta años.

 La existencia de esta  franja social de jóvenes que pasan un tercio de sus vidas en régimen de dependencia e improductividad inmediata, no es un resultado malévolo del “buenismo” social y familiar que procura que los niños sufran y se esfuercen lo menos posible.

Antes de que existiera el sistema y el antisistema, o sea, en el Paleolítico superior, las cosas ya eran así, porque debían ser, genéticamente, así.

La razón, puramente biológica, es que nacemos para aprender y viviremos si aprendemos suficientemente bien y que el nacimiento, la familia, la escuela, forman un “pack”, en el que ninguna de sus piezas puede delegar su función específica en otra.

El desajuste entre tecnología y  naturaleza humana empieza segregando una ideología que parte del prejuicio de que el hombre no tiene naturaleza sino historia.  Si esto fuera así los tres elementos del pack no servirían de nada porque este hacerse a sí mismo, que parece formar el ideal de felicidad de los individuos de los países desarrollados, debería inventar prótesis más eficientes que sustituyeran a la familia, a la escuela e inventaran un procedimiento más liberal para el nacer y el parir.

Por lo que respecta a esto último, algunos beneficios nos ha proporcionado la técnica, tanto en anestesia como en práctica quirúrgica. Está por ver si encontramos alguna estratagema para que las mujeres del primer mundo queden embarazadas de verdad porque la gente no puede querer tener hijos, por razones socioeconómicas. Si consigue decidir tenerlos, que sean muy pocos y no antes de los treinta y cinco años. Es un error desde el punto de vista fisiológico y psicológico.  Conocemos, a pesar de tantas dificultades, familias muy numerosas que saben echarle coraje a la vida.

En épocas anteriores no se sabe cómo una mujer quedaba preñada como de repente y sólo las enfermedades y la malnutrición compensaban, desgraciadamente, ese furor fecundante por la vía del índice de mortalidad infantil (y maternal)

Ahora nacer es el problema. No encuentras padres que quieran engendrarte, ni te educan sexualmente para engendrar, sino para usar anticonceptivos. La mala praxis con apoyo tecnológico, se convierte en el mayor enemigo de la especie humana: Por un lado aumenta la esperanza de vida para desasosiego de economistas, por otro, facilita los medios de mayor calibre para que la gente no tenga hijos.

Además, el concepto de libertad que se inculca a los niños y del que hacen causa común algunos padres, es el de la felicidad del single man, del hombre sólo, que en muchos casos toma pareja versátil, los fines de semana y se cuida muy mucho, de responsabilizarse de la otra parte, cuidando que no vengan los niños a estorbar el patio de su casa que es tan particular.

¿Será posible que las políticas familiares consigan elevar los índices de natalidad? O  ¿acaso toda la ciencia y la tecnología está apuntando a la extinción de la especie, eso sí, de muerte natural, asistida por dulces cuidados paliativos?

No creo que los legisladores se atrevan a considerar la implantación de la política familiar vigente en Suecia. El Estado y las empresas abonan tres años enteros de sueldo por cada niño que venga a este mundo.

Bueno, siempre se le puede brindar la idea  a la Oposición.