En la piel del rinoceronte 

Armando Segura

Catedrático emérito de Filosofía de la Universidad de Granada

 

 

El sustrato animal de todo individuo humano, explica en gran medida, de dónde proceden la maldad, las guerras y los conflictos violentos interpersonales o interreligiosos.

No es que seamos animales sino que gran cantidad de humanos prefieren serlo antes que admitir que el rival o competidor, es mejor que él.   

Espinoso asunto porque el deseo de conservar el propio territorio y ampliarlo sin límite, es consecuencia de la prevalencia del instinto de conservación sobre el de sociabilidad. Ambos constituyen, según los antropólogos, el motor de la especie humana. Satisfacer el instinto mediante razón,  nos ha permitido sobrevivir.

La necesidad de asociarse también puede ser entendida como una estrategia, para alimentar la propia conservación. Esta sería la base biológica del pacto social. Me conservo mejor si me asocio, si cedo algo para salvar lo que para mí es más importante, mi propia vida.

La visión que Nietzsche expone del Cristianismo, está marcada fuertemente por este tipo de biologismo. Para él, el Cristianismo fomenta la debilidad, la decadencia y el servilismo.  

También Sócrates es acusado por Nietzsche de ser enemigo de la voluntad de vivir y predicador de la represión moral de la que Freud, trató largamente.  No aprecia el poder de la voluntad al servicio del deber, frente al dominio, que está al servicio del poder. No es razonable denunciar como débil al fuerte y alabar al fuerte que en realidad, es incapaz de dominarse.     

Jesucristo, ya son palabras mayores, porque riza el rizo del sufrimiento voluntario, de lo que Nietzsche llama odio a la vida. En este caso, ya no juega tanto el deber como el amor a una vida, más vital y mejor que la presente.

Los rinocerontes y los gallos de pelea, no dejan de destrozar al rival hasta que uno de los dos se viene abajo. No entiende que el otro, es cómo él y que, devorándole, se devoran a sí mismos porque daña a su propia especie, en uno de sus individuos.

 Qué gran epopeya la del rinoceronte con un blindaje coráceo y una musculatura impresionante.  No entiende, Se quedaría él solo; la especie, se extinguiría.  

Sorprende, lo que le debe la especie humana a Jesucristo, que hace del perdón a los enemigos, su razón última.

De la paz y el perdón sólo cabe esperar el desarrollo y la cultura. De la voluntad de poder, ya sea, individual o colectiva, procede el Holocausto, los campos de concentración, la policía política. Todo ello adornado de grandes arcos triunfales, discursos heroicos. Son ángeles exterminadores a los que sólo se les debe misericordia.

Es difícil aprender de esas experiencias históricas porque quienes debemos aprender seguimos siendo, lo que eran aquellos; preferimos ese gusto salvaje por satisfacer el instinto en todas sus formas, antes que promover al otro, intentando que sea mejor que nosotros.

En el sustrato del crimen, especialmente de los más monstruosos, se oculta el instinto de conservación, revestido de dignidad, amor propio, autoafirmación, etc.

De igual modo, la noble palabra “derecho”, es capaz de cubrir con su velo, cualquier crimen. Reclamo el derecho de mi vida frente a la de mi hijo porque me incomoda, ejerzo el derecho del fuerte contra el débil. Da igual que tenga siete semanas o doce años. En esta cuestión, el derecho a decidir, oculta la voluntad de poder. Tras “mi derecho”, el crimen se alza como un derecho y el auténtico derecho como un  crimen.

¿Qué razones científicas podemos aducir en favor de la paz y el perdón?

Una muy simple: el estudio del cerebro enseña que el ser humano está hecho para ser libre. Es un organismo, el humano, que sobrevive racionalizando su conducta en dos niveles, el personal y el social.

Los españoles solemos creer y decir que la libertad es “hacer lo que nos da la gana”, forma castiza que vale por toda una antropología. La “gana” es genética y sin ganas ni se come ni se procrea pero todo, según medida. La desmesura de la gana llena las tumbas de víctimas.

La razón viene a ser, la economía de las ganas: Establece orden, medida y en consecuencia, paz. No es retórica barata sino neurobiología.

Los estímulos llegan de fuera por las terminales sensoriales. Los genes desde cada célula, entienden esas señales, pues, el interior y el medio, interactúan. La especie humana no ha sobrevivido frente a las demás, más poderosas que ella, por la gana. Ha sobrevivido filtrando los estímulos. Las áreas asociativas perineurales, crean esa tierra de nadie, para poder pensar. Así somos libres para decidir lo que hacemos con los genes y con los estímulos.

 El homínido superior cuando “se deja” llevar de la gana o se abalanza sobre los estímulos agradables, se comporta como un niño ante un mar de nata. El hombre sin medida es peor que un animal cuyo instinto nace ya medido.

 Decidir desde el lado animal, es una opción simple motivada por las “ganas”. No atendemos a nuestro cerebro.

El rinoceronte embiste, en cambio los hombres estamos hechos para ser felices, materializando los ideales en favor de los demás. Preferimos embestir

Un sucedido real: Hace unos días un grupo de jóvenes del patín, estaban situados en medio de una calle empinada y con mucho tráfico. Una furgoneta a gran velocidad, los rozó. Quedaron secos, como en “shock”. Al instante, uno de ellos, soltó este maravilloso aforismo: “¡A disfrutar, chicos, que no hay un mañana!”.

  Amnesia de la conciencia del tiempo. Falta entrenamiento.

 

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