Yihad: Embridar el caballo desbocado

 

Armando Segura

Catedrático Emérito de Filosofía de la Universidad de Granada

 

 

Los pueblos semitas, entre los que se cuentan judíos,  árabes y los sirios de la Gran Siria, pertenecen a un tipo de cultura que arranca de la Edad del Bronce, en una fase primeriza, cercana al Neolítico. En su estado actual podríamos  decir que es una cultura de transición del nomadismo al sedentarismo, más cercano a este último que algunos pueblos de Asia Central o de Mongolia y Siberia.

Tienen una raíz lingüística común y su estructura social básica es tribal, especialmente en Oriente Medio y Norte de África. La tribu como familia extensa aglutina con lazos de sangre, la fidelidad necesaria entre los individuos para  configurar la organización social. El grado de “tribalización” varía. Vemos como en Libia y en Siria, el vacío de poder, hace saltar a primer plano, la tribu y las luchas intertribales.

El Estado moderno nace en Europa, primero, en forma de monarquías centralizadas e Imperios de tipo federal i luego pasarán a ser, repúblicas o monarquías constitucionales.

En Estados Unidos el modelo moderno de estado, surge de un pacto entre todos los refugiados político-religiosos de Europa: puritanos escoceses, católicos irlandeses. Se añaden luego los negros, los hispanos con aportaciones culturales y religiosas específicas.

Establecer de un plumazo en Oriente Medio, estados de tipo occidental, se presenta como tarea difícil, sino imposible. Eso lo sabemos todos, con la historia en la mano, pero Occidente, no parece tenerlo en cuenta.  En los pueblos semitas sólo se ha podido instaurar estados democráticos, sólo en apariencia y al amparo de férreas dictaduras. El caso más avanzado de occidentalización es Turquía, gracias al Ejército, heredero de los jóvenes oficiales de Kemal Ataturk.

 La raza, la tribu, el idioma, la religión crean en estos pueblos, un contexto muy distinto al nuestro que se resiste a integrarse como podemos comprobar en Alemania con los turcos, viviendo en barrios o guetos, igualmente, los marroquíes en España, Francia, etc.

La religión es un factor aglutinante añadido a la cultura y al régimen tribal. La familia, la religión y la lengua han permitido al pueblo judío subsistir a los innumerables “progroms” de exterminio, holocaustos y deportaciones. Esta realidad histórica hace pensar si es la democracia occidental un factor aglutinante suficientemente sólido, capaz de sostenerse a sí misma, en situaciones complicadas. El interrogante se agudiza si pensamos, precisamente, en la crisis de la familia y la religión entre nosotros.

Los americanos y los europeos decimos que creemos en la libertad y nada más. En el siglo XXI la libertad necesita un aparato de Estado que garantice que todo el mundo pueda hacer sencillamente “lo que le venga en gana”. En los países del sur de la Eurozona, la transgresión de las reglas sustituye a las normas constitucionales. Solamente los factores económicos aglutinan, lo que supone que estos países dependan de la mayoría conservadora europea. Decir conservador, hoy, es hablar de mercado global y poca cosa más. A nadie le importa, en serio, si se cumplen los Derechos Humanos en aquellos países con los que se comercia.

En estas circunstancias aparece, una vez más, la efervescencia islamista de una forma violenta y arrasadora en nombre de un concepto de religión, de familia y de cultura semita,  que tiene poco que ver con la nuestra.

La yihad es un caballo desbocado que recuerda el método militar del islamismo en todos los tiempos, las razias de  Tarik y Muza, las de los almorávides y de los almohades en España. Los períodos de fiebre acaban en períodos de consolidación y decadencia que reclaman un nuevo comienzo.

Es evidente que la yihad es un complejo en donde la religión es un factor psicológico determinante que no responde a la época de la globalización, de la posmodernidad y del progreso tecnológico avanzado.

La tecnología es un mero instrumento al servicio de la yihad, no es un componente de su ideología, mientras que sí lo es para Occidente. Su fe absoluta   lleva, fácilmente, al suicidio y su imaginación es capaz de atacar el Pentágono o  provocar atentados masivos, con técnicas nada caseras en todo el mundo, en Atocha, para empezar. Y la Inteligencia militar ni se entera.

A los caballos desbocados se les ponen bridas. Eso han hecho sin ningún éxito, Rusia, Estados Unidos, China y la India. El fracaso ha sido rotundo en todos los casos. Las ideas no se vencen a cañonazos.

Si estadísticamente esos son los resultados, necesitamos asimilar que el modelo de vida occidental precisa ser corregido en varias direcciones:

Son necesarias políticas familiares y de fomento de la natalidad.

Hay que recuperar la conciencia de patria como familia amplia y común.

Debemos dejar de frivolizar con el sexo, el género, la chanza antirreligiosa y la democracia entendida como “realganismo” y “realganancia”.

Evitar hablar de Derechos Humanos sin los Deberes relativos correspondientes.

Estas líneas de fuerza son meramente orientadoras y nos ahorrarían muchos disgustos, mucho dinero en armas, en equipos de psicólogos. Mejorarían nuestra autoestima, la confianza en nosotros mismos y el valor. Volverían a estructurar la familia y la sociedad. La formación integral de las personas iría más allá de hacer la real gana.

Los caballos que ganan en las carreras no están desbocados, llevan bridas. Eso que nos falta a nosotros.

 

 

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